jueves, 3 de enero de 2013

Noviembre en la Dehesa del Camarate

Noviembre en la Dehesa del Camarate. Photoshop. 65x50. 2012

Hay espacios naturales que se han salvado de la quema porque fueron utilizados como campos de tiro por los militares. Nadie entraba a quemar, nadie construía o cortaba árboles ni se arriesgaba a que le volaran la cabeza de un tiro. En la Dehesa del Camarate fueron seguramente los cuernos de la ganadería brava que hasta hace poco vivía allí, los que la salvaron. Los cuernos son muy temidos, más que las bombas, incluso los cuernos de los toros de lidia. Por ese miedo o respeto es por lo que se ha debido conservar intacto este bosque. Su carácter ecológicamente excepcional y sus valores senderiles están ya suficientemente descritos y alabados por lo que no son el motivo de hoy. El motivo de hoy está relacionado con los sentidos y con la sensualidad en cuanto propensión excesiva, o no, a sus placeres. Es decir relacionado con el sexo, el vino, la música, las sábanas de franela en invierno, el color, la luz y los fuegos artificiales, la sombra en el verano, el queso de cabra y el sol tibio de invierno. De cosas así.

Es frecuente, viajando por esas carreteras, que al acercarnos a una localidad o población importante lo primero que se distinga de ella sea la mole de su catedral, las altas torres sobresaliendo del caserío.

Es el caso que nos ocupa. Saliendo de los barrancos, en la última curva ya vemos la torre con su campanario de truenos y  vientos que llaman el Picón de Jérez. Avanzamos por el llano reseco entre viñas viejas y algunas viñas nuevas. A cada paso rodado se muestran en el horizonte los demás elementos de la mole y catedral natural construida en la epidermis del mundo: la nave central sobre el barranco del río Alhama, los barrancos y naves laterales, la bóveda del crucero pintada de praderas brillantes y de nubes y vientos que representan escenas celestiales, el altar mayor recubierto de finos tejidos de contraluz y el altísimo retablo de nieve y pizarra. Sobre las paredes enormes vidrieras de robles, cerezos, arces, quejigos. El sol las ilumina con luces cambiantes  según las estaciones, según las horas.
Falta el pórtico
Bosque de columnas


No es disparatado ver catedrales en recónditos valles cercados por altas cumbres. Es normal, incluso es lugar común. Es menos frecuente caer en la cuenta de que la mayoría de las catedrales se dedican al culto y adoración de los sentidos. Esta catedral en concreto pertenece a la Luz y al Color, lo que no quita que algunas de sus capillas laterales se consagren a otros  cultos de  santos y dioses menores como pueden ser  el fresco del  estío, el olor húmedo o el canto de los ríos en los años buenos.

De la cosa del culto podemos desentendernos porque si el espacio queda vacío, rápidamente salen sacerdotes que lo ofician y se lo quedan, no hay que pelear ni discutir por ese nicho ecológico y espiritual. La reflexión que traigo a cuento de la Dehesa del Camarate se refiere a los sentidos que, me parece a mí, son como los dioses, que deberían de vivir juntos y en armonía pero que para nada lo hacen. Los dioses y los sentidos suelen ser absorbentes y soberbios, envidiosos y un punto malvados, incapaces de colaborar. Pelean por conseguir el dominio y el control y cuando lo consiguen expulsan a los otros dioses y sentidos y gobiernan solos. Pero por poco tiempo ya que enseguida pierden el trono a manos o espada del siguiente de sus iguales.
Arquería
Bóveda del crucero




No se si es una reflexión acertada o no, cada cual opine lo que quiera, pero a mi juicio es la explicación de que sea imposible a la vez el sexo y el vino, un orgasmo con el catavinos alzado. Una cosa inmediata a la otra sí, pero simultánea no. Y a menudo esto sucede no sólo en los tiempos cortos  sino también en los largos dando lugar a fases vitales, unas más sexuales, otras más propensas a la literatura, al vino o a la excursión. También habrá quien diga que no dejan de ser cosas de la edad que no requieren mayor estudio o explicación. Pero yo no lo tengo tan claro, creo más en la teoría olímpica, del Olimpo.

Y todo esto ha venido a cuento por una excursión de otoño a la Dehesa del Camarate, en Lugros, Sierra Nevada, mañana fría y húmeda de umbrías y musgos, barrancos pintarrajeados de colores dorados, praderas impropias de estas latitudes y nieves bajo el contraluz de la luz del sol menguante que a duras penas consigue salvar la barrera del Picón de Jérez.

Y cuando hartos de rezar abandonamos el templo camino de otra estación, nos ponen de tapa sardinas. Casi en diciembre y secas, como de otro tiempo y esto sí que seguro, de otro lugar. Castigo sin duda del dios Color por abandonar su templo sin hacer algún gesto de adoración y escapar de aquellos barrancos, perdidos y en su fondo oscuros, para caer en brazos de Baco y sus mostos (que tampoco eran del año).
Arco en una nave lateral
Capilla en penumbra
Detalle del altar mayor
Retablo



muros policromados
Detalle de la policromía



Vidriera
Pilar compuesto

 



 
El sol entrando por una nave lateral