domingo, 15 de julio de 2012

El cielo se cae sobre nuestras cervezas

Árbol de la calle Mulhacén al final del invierno. Acrílico y óleo sobre lienzo. 50x65. 2012



En la terraza de un bar de la calle Mulhacén, en Granada. Mediodía de domingo en un invierno menguante. El  sol crecerá en unas pocas semanas y será sol de primavera, pero ahora es todavía un crío y se esconde entre las cornisas y por los tejados, cruza la calle a la carrera mirando a cada lado en cada esquina. Cuando el sol sea mayor y fuerte, en verano, no tendrá rival ni enemigo que con él pueda pero ahora es todavía un niño, indefenso y débil y recela de todo y de todos. Son los últimos días del invierno y las yemas del árbol han empezado a parir hojas pero desde aquí, desde la mesa en la terraza del bar, apenas se distingue algún movimiento en las ramas, sólo se alcanza a ver un árbol desnudo en la mañana clara de febrero.



Este invierno ha sido como el otoño. El  año pinta como el pasado e incluso peor. Ando con los de mi cofradía todo el día procesionando  la Gran Vía arriba la Gran Vía abajo. Y tanta caminata,  tanta reivindicación, cansa (físicamente). Cansa, es verdad, pero también lo es que toda movilización tiene su recompensa. Y la tiene no porque más tarde o más pronto se alcancen los fines buscados (lamentablemente parece que no van por ahí la cosas ahora) sino porque en su final, la caminata se riega con una cerveza y con una conversación. O con dos o tres o más cervezas y dos o tres o mas conversaciones.



El árbol en febrero
El árbol unas semanas después















Una vez más hoy domingo hemos corrido la Gran Vía y antes de volver a nuestra iglesia, como el día estaba tibio y claro, nos hemos sentado en la terraza del bar que hay en la calle Mulhacén esquina con la mía. El sol infantil que antes decía, se va confiando conforme avanza la mañana y ahora juega y alborota aprendiendo su oficio como todos los cachorros, jugando a deslumbrar y a cegar. Juega a saltar haciendo brillos y destellos, desde las ramas del árbol hasta la farola. Revolotea tropezando torpemente con los cristales de las ventanas. Y mientras juega el sol, del cielo blanco de la mañana de febrero caen gotas de luz que salpican la piel,  la mesa, las aceras, los pasos de cebra... Gotas de sol juegan picoteando la copa de cerveza y persiguiéndose en el rocío del cristal, en el dorado de la cerveza.



Ha sido este un momento, un rato feliz en un invierno triste. Hemos hablado de todo, de comida y de sexo, de fotografía y de imprenta, de noticias de lo que ha venido y de temores por lo que vendrá. También, claro,  de la reivindicación.  Con el alcohol y con tanta conversación los brillos y los destellos han aprovechado para hacernos nidos de golondrina en los ojos... Una  mirada que estaba aburrida corre a unirse a los alborotos del sol niño, que se dedica a  molestar con sus gritos a las sombras, a las viejas luces frías de los caracierzos de las calles transversales.  Tropel de voces, algarabía de luces. La humedad heredada de las pasadas escarchas apura sus horas en la penumbra de los rincones. Otra caña. Otro trago amarillo y blanco. Amargo y frío. Otra palabra, otro argumento, otra tapa, otra risa, otro comentario, otro chisme, otro trago amarillo y blanco, amargo y frío.


Caña
Cañas












Lo malo de los momentos (felices) es que apenas duran un instante, que son pequeños y que ocupan poco espacio. Por el contrario, su recuerdo es grande, se estira como un chicle y puede alargarse tanto que no tenga fin. Por eso es que la vida es en su mayor parte pasado envuelto en una fina capa de presente. El futuro no está en ella porque es lo que no existe, lo que ni siquiera se sabe si vendrá. Efectivamente, la vida es casi en su totalidad pasado y el pasado  no es otra cosa que la acumulación de antiguos presentes. La vida es como los troncos de los árboles, anillos que se van superponiendo protegidos por la piel, corteza.



Son, estas, reflexiones profundas y de mucho juego (especialmente para alguien que estudió la carrera del pasado) pero ahora me resulta imposible  seguir desarrollándolas porque he vuelto a mandar que llenen. Y hemos vuelto a la luz lánguida de un invierno triste en el que el mundo se está hundiendo mientras nosotros charlamos, bebemos, reivindicamos, discutimos, reímos, amamos… He mandado que llenen mientras el sol crío sigue jugando a reflejarse en el plástico de la mesa y a molestarnos con sus reflejos. Un aire frío, duendecillo viejo de enero, escapa con pasos nerviosos resguardándose bajo los balcones, muy  pegado a la pared. El cielo es blanco. Mediodía de un domingo de febrero. Estamos en la terraza de un bar de la calle Abul Hasan Ali Ben Saad, Muley Hasan o Muley Hacén, sultán de Granada y sultán de la red geodésica. El solecillo juega, nosotros bebemos, hablamos. Y mientras, el cielo se está cayendo sobre nuestras cervezas.


Cielo blanco
Calle Mulhacén



El sol escondido en las ramas

Farola y ramas desnudas




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