jueves, 22 de marzo de 2012

Batalla naval a escala 1:0,1 en San Pedro de Alcántara



                                                 Primer plano de la playa de San Pedro de Alcántara.
                                                         Óleo y acrílico sobre lienzo. 65x54. 2012

Distintas vistas a distinta escala de la guerra en la playa.




Un mar azul, a veces verde, a veces gris. Arena, a veces dorada que cuando está mojada es oscura y cuando está seca es clara si es realmente arena y no piedra. Esta es la visión que de los ejércitos enfrentados en la playa tienen los generales, los mariscales,  los jefes en sus despachos. Arte de la guerra. Antes estaba muy de moda citar a Clausewitz. Más tarde el prusiano se sustituyó por un chino del que no recuerdo el nombre. Del uno y del otro se sacaban ideas y citas de gran astucia, paradigmas de las cosas bien pensadas. Pese a su origen guerrero tenían sorprendentes aplicaciones en la vida diaria. 




Los generales y los mariscales planean sus estrategias en mapas de escalas variables, digamos que de 1:25.000 a 1:400.000. Escalas variables pero que en cualquier caso obligan a ver las cosas a gran distancia. Tanta que aunque esas cosas están representadas en el mapa, ya no son ellas sino sólo los símbolos y signos que las representan. Sobre estos mapas militares se usa pintar frentes, masas de maniobra, líneas de defensa, flechas de colores que van, que avanzan pero que luego se retuercen y vuelven (eso suele significar que han perdido). Flechas que van perseguidas por otras de otro color (eso hay que entenderlo como que los que están en la primera flecha van corriendo como locos, o sea, que huyen). Podría parecer que debajo de los signos y dibujos no hay ni vive nadie. Los generales y mariscales lo creen, o fingen creerlo así.



Vista la batalla de este cuento a  la escala de los mapas de estrategia, sólo existen dos colores, bandos, zonas o países.  El uno es el mar con su agua y el otro la tierra con su arena. La tierra está siempre en sus trincheras defendiendo la posición y el mar está siempre al ataque, siempre intentando desembarcar y consolidar una cabeza de puente para después saltar al interior de la retaguardia enemiga. Es la inacabable batalla en la que nunca (o casi nunca) hay un claro vencedor: las olas mueven la arena, la empujan, la retuercen, arrastran piedras, consiguen mover el frente unos metros aquí pero los pierden allá. Una y otra vez. Vista a las escalas referidas esta batalla es hermosa. Vistas a esas escalas  sin sangre las demás batallas también suelen serlo. De una parte la superficie del mar hecha de piezas móviles de colores cambiantes que se mecen como un mecano articulado, piezas con brillos y reflejos que aparecen y desaparecen aquí o allá sin orden aparente. De la otra parte  la tierra con sus defensas de piedra y arena, sus retaguardias de dunas y plantas ahogadas en sal. El mar y la tierra, a esta escala, son inmensos y ocupan todo el horizonte.

 

Pero al igual que por encima de estos mapas los hay a mucha mayor escala, los hay también a otras pequeñas,  inferiores, incluso, a 1:1. Al igual que quien mira un continente entero no ve los animales que lo habitan y que quien mira a un animal no suele distinguir los átomos que componen su cuerpo, de la misma manera quien mira un mapa de una escala equis, ignora y no distingue lo que sucede en las escalas inferiores. En lo que toca a este cuento,  si prescindimos de los mapas militares o de sus secuelas turísticas e inventamos otros a escala 1:1 (un centímetro en el mapa es un centímetro en la realidad), distinguiremos nuevos mundos de piedras y espumas, de burbujas efímeras y granos de arena. La pintura de hoy se corresponde con el fragmento de uno de estos mapas.

A esta minúscula escala vemos a los individuos que componen los ejércitos del mar y del agua. Antes sólo distinguíamos masas, ahora vemos caras. Ahora vemos burbujas de espuma que en grandes formaciones blancas gritan para espantar al miedo cuando pisan tierra. Pelean con fuerza imparable, desbordan y arrollan las defensas con que se topan, saltan y empujan a las piedras, mueven las guijas, inundan las arenas. Conforme se internan la resistencia crece pero ellas siguen avanzando, cada vez con mayor gasto. La fuerza, la energía explosiva con la que saltaron desde su ola se agota poco a poco. Van internándose en la llanura reseca y conforme se adentran, de la primitiva fuerza apenas queda más que fiereza y valor desesperado. Exhaustas, las vanguardias quedan clavadas y fijas al terreno. Inmóviles, las burbujas empiezan a morir por millares y por millones, absorbidas por las enardecidas masas de arena que ahora ven cerca el desquite. Unas pocas aguantan y resisten pero no pueden evitar el pánico y la desbandada es ya inevitable. Filas blancas de espuma se retiran en completo desorden dejando atrás moribundas  pompas de agua  rematadas por el sol, el viento y la arena.

Cuerpo a cuerpo II
Cuerpo a Cuerpo I




Después de la batalla queda un paisaje de gravas y chinas arrancadas de su sitio, de brazos y piernas de algas destrozadas (son refugiados civiles que huyen de los fondos que las mareas arrasan). Campo de batalla sembrado de granos de arena que se amontonan desde un límite al otro de la mirada. Todavía los cadáveres de algunas piedras muestran restos de sus uniformes de vivos colores. Brillos del Sol Marte. La espuma y la arena han mezclado sus sangres. Clavada en el suelo, la caña de un pescador. Las gaviotas carroñeras picotean lo que queda de dos ejércitos valientes y mientras, dos perrillos chicos  corretean y juegan ajenos a la inmensa muerte que pisan sus patas. Todo acabó. Pero no hay tiempo para celebrar victorias. Allá lejos rompe una nueva ola y espumas de refresco de nuevo parecen poder con todo.



Huellas de perrillos
Cadáveres de algas













En las guerras vistas desde los mapas a grandes escalas que usan los generales, siempre se salvan la Historia, la Patria, la Causa o la temporada turística. Con esfuerzo de todos siempre se supera la crisis  y el Mundo sigue vivo, el aire brilla y el sol calienta. El único inconveniente del éxito es que precisamente seas tú uno de los héroes muertos. Eso tiene poca gracia. Que todo se salve menos tú. Por esto, no por otra cosa, los mapas militares nunca son a escala 1:1 o menor, para que no salgan los cadáveres, para que los ojos no vean y así el corazón no sienta.

La retirada









Los colores de los uniformes, soldados muertos









Un nuevo ataque