jueves, 25 de agosto de 2011

La Frontera en los Picones del Puerto de Tíscar



Atardecer en Los Picones. Digital. 65x50. 2011


Después del atardecer.  Los Picones sin sol. Digital. 65x50. 2011



Son Los Picones del Puerto de Tíscar la frontera natural que separa a los antiguos reinos de Granada y de Jaén, aunque la línea administrativa  queda unos kilómetros más abajo, pasado Pozo Alcón. Deja esta raya a un lado las tierras del Guadalquivir con su monocultivo de olivar y sus paisajes suaves y al otro las tierras altas de Granada, de relieve arisco, despobladas de personas y plantas. Dicho más técnicamente por Los Picones pasa la línea que parte a un lado la depresión del Guadalquivir  y al otro lo que ahora se llama Altiplano Granadino, la parte bética y la penibética. Son tierras muy diferentes no tanto en lo humano aunque sí en lo físico. La divisoria arranca en Tarifa y se difumina y desnaturaliza al pasar la Sierra de Segura.


Además de frontera natural, esta raya lo fue también política y cultural durante casi trescientos años: al sur el Reino de Granada subido a sus montes y al norte la Andalucía de campiña que conquistó Fernando III. De aquellos tiempos recios y antiguos surgió la parte del Romancero que más me gusta, la de los romances moriscos y de frontera. Son historias de caballeros moros y cristianos haciéndose guerras, ofensas y cautiverios sin tener nunca que trabajar: andan todo el día por esas sierras de peñas y riscas, de castillos y atalayas, entre pinos, tomillos y romeros asaltando y defendiendo altos muros roqueros, quemando y robando las cosechas de las gentes de los otros.

El escudo de la Atalaya del Puerto de Tíscar



Los primeros tratos con estos señores los tuve por mediación de FLOR NUEVA DE ROMANCES VIEJOS de don Menéndez Pidal.  Ya el propio título predispone a caer en el encanto de la épica y del romanticismo, en el olor viejo del papel de las novelas antiguas que cuentan hazañas heroicas locales y en el color perdido de los muros derrumbados, de mampuesto y de tapial, que se esconden entre los zarzales de rincones olvidados. Cuento entre mis episodios favoritos el romance de Abenámar, aquel gran felón y traidor que, disimulando sus malas artes en el tintineo de las campanillas de la canción, terminó pasando hasta por bueno. También me gusta el de la pérdida de Alhama del que parece que hay o había versión en Portugal:”Ay minha Alfama”. Pero quizás entre los mejores y más dramáticos, aquél de “Álora, la bien cercada” donde le hicieron gran traición al Adelantado Mayor. Tan grande  que lo mataron. Con el tiempo  descubrí que mas allá de  don Ramón también había romances. Alguno que incluso acabó siendo de mi predilección como del del cerco de Baeza o aquel otro que empieza “Caballeros de Moclín, peones de Colomera…”

Amanecer de invierno en la Atalaya

Tanto leí estos episodios y tan seguido que de no ser por mi trasfondo fuertemente burgués que lo impidió, se me hubiera secado el seso y andaría hoy en grandes cabalgadas a lomos de coche por esas carreteras de las sierras en busca de hidalgos moros. Pero resulta que además de mi parte conservadora se me cruzó San Juan de la Cruz y de inmediato cambié a Reduán y a los suyos por otros versos. Por aquellos que dicen “por toda la hermosura nunca yo me perderé, sino por un no se qué que se alcança por ventura”. Y frecuenté nuevos lugares y dejé de frecuentar aquellos que frecuentaba.


Que yo sepa no existe romance que corra por las sierras de Quesada y Tíscar. Novela histórica romántica del diecinueve sí, pero romance no. Y aun sin romances, Los Picones son la pura idea de frontera, son una fina membrana que pasando por el filo de las piedras separa las vertientes. La del norte es la de los horizontes abiertos, la de las  olas de olivar que avanzan por los llanos y que suben y bajan por los cerros, que solo acaban cuando acaba el horizonte. La del sur es la de los barrancos y las ramblas, la de los suelos altos y desnudos donde apenas vive algún almendro helado a la sombra del techo de nieve en el que está enterrado, dicen,  el sultán Muley Hacén.  Pongo abajo fotografías que así lo acreditan.

También, y como se sabe, desde los Picones se ve la torre del Castillo de Tíscar y se ve desde arriba y a lo lejos Quesada en la otra parte. Se ve pero en los días claros también se oyen las voces de la gente, los coches y los ruidos que salen del caserío. La relativa lejanía es la bastante para desenfocar las formas y borrar lo detalles de manera que hoy, como siempre, solo se ve una mancha blanca compuesta por fachadas punteadas de ventanas. En su coronación, la torre de la iglesia. Se ven desde aquí las mismas cosas que se veían y que fueron hace ya muchos años.
Al norte, Quesada

Al sur, Tíscar y la Sierra de Baza



Se ven las aceras llenas de sillas con gente que mira y que sólo alguna vez habla y se ven los camiones cargados de paja renqueando por las cuestas de una carretera casi vacía. Aprovechan la gente y los camiones la fresca de la noche. Y es verdad también que se ven mis recuerdos desde esta atalaya, especialmente los días con viento norte que son los mas transparentes. 


Como se ve, los Picones son también la frontera que separa el presente del pasado. Que separa, pero que a la vez junta como toda frontera: permite ver los dos lados con solo girar la vista: a un lado se ve uno, el otro al otro lado.

Al norte, olivares

Al sur, barrancos pelados

Cada vez que puedo me acerco a los Picones. Es un paseo muy agradable. Las hojas afiladas de los pinos amplifican y modulan el sonido del viento. En el cielo peñas y buitres, en el suelo todas las hierbas de olor  y los surcos secos de regatos espontáneos  que dejaron en el carril las últimas tormentas. Es un paseo agradable que me gusta hacer siempre que puedo, con el viento frío del invierno y  con la luz templada del verano al  caer  la tarde. Me gusta asomarme al filo de piedra y mirar aquel pasado que solo desde aquí se puede volver a ver  y verlo mezclado con el presente local del que ya no formo parte.


El sol cuando acaban los días de julio se va rasando el suelo  y mancha de dorado el cristal de mi cámara digital. Eso es lo que hoy he pintado.


Las manchas doradas del sol en Los Picones


De “Álora la bien cercada”


“Entre almena y almena - quedado se había un morico
con una ballesta armada - y en ella puesto un cuadrillo.
En altas voces decía, - que la gente lo había oído:
¡ Tregua, tregua, Adelantado, -por tuyo se da el castillo!
Alza la visera arriba, - por ver el que tal le dijo,
asestárale a la frente, - salido le ha al colodrillo.
Sacóle Pablo de rienda, - y de mano Jacobillo,
estos dos que había criado- en su casa desde chicos.
Lleváronle a los maestros - por ver si será guarido.
A las primeras palabras, - el testamento les dijo"

1 comentario:

  1. Me han dado unas ganas irresistibles de ir a los Picones.Esperaré al otoño y con suerte ,vamos juntos.
    Pilar.

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