domingo, 17 de julio de 2011

Las tardes del verano



Sierra Mágina. Excel, Paint. 2011



En la playa hay gaviotas que se pasan el día riendo y alborotando. En Granada palomas que lo ensucian todo y que se pelean como fieras. Y en Lacra, hay avispas.

Avispa de Lacra

Las mañanas temprano antes de que salga la gente y el sol, las gaviotas ríen agarradas a las antenas de televisión. Con solo dar un salto y dos aleteos ya están volando y a veces en la soledad de la calle pasan tan cerca de mi cabeza que da miedo (he descubierto que lo hacen porque protegen un nido que tienen en la casa abandona). Vuelan  sin dejar de reírse, imagino que de mi. ¿Podría espantarlas con el sombrero de paja si intentaran atacarme como se sabe que pasó en aquella famosa película? No lo se. Pero descontando la dicha película  nunca he oído que hayan atacado a nadie (un experto ornitólogo me confirma que, fuera del cine, no hay noticias de semejantes ataques). Sí he visto, por el contrario, como un cernícalo las atacaba a ellas, pero esa es otra historia que quizás cuente otro día.


Bicho junto a la la piscina

Las palomas además de crueles son bastante asquerosillas. Viven y se pelean en los huecos de los tejados y en los canalones de las casas viejas. Se cagan por todas partes, sobre todo en los balcones y en las ventanas y dicen que transmiten muchas enfermedades (pero nunca he oído que alguien haya enfermado por su culpa). Quizás esta falta de contagio se deba a que normalmente solo tienen relaciones sexuales entre ellas y a que nunca han comerciado con su cuerpo (que se sepa).
Bicho dentro de la piscina (en primavera)


En Lacra hay avispas. Y pican. Esto no me lo tiene que contar nadie porque esta misma semana me ha picado una. Pican y molestan, estorban, tensionan las tardes que intentan ser plácidas bajo la parra, obligando a  una permanente alerta antiaérea. Chillan las sirenas sin parar.

Además de avispas hay otros muchos bichos de distintas calidades y peligrosidades; de cuatro, de seis y de ocho patas o de ninguna; "salamanquesas", mosquitos, grillos y arañas, moscas y tábanos, sapos y culebras reales. Pero entre tanta variedad de peligros, con diferencia los más dañinos y molestos son las avispas.

Bicho delante de la piscina

Las avispas encabezan los inconvenientes de las tardes de verano en el cortijo de Lacra. Las avispas, las moscas cansinas, los pájaros y sus ruidos, el calor y el exceso de luz que no siempre consigue frenar la parra, dificultan la concentración, dificultan la cosa del arte y casi cualquier otra actividad de tipo intelectual. La falta de concentración se materializa en la imposibilidad de pensar en algo más que en el presente más absolutamente rabioso. Los bichos y demás inconvenientes borran el pasado y el futuro. Sólo dejan pensar en el ahora. Pero los escasos segundos que dura el ahora son un lugar tan pequeño que apenas caben en él las ideas y sensaciones, los recuerdos e intenciones. Es imposible pensar, es imposible cualquier cosa que no sea revolcarse en la mezcla de estrés, calor y pereza.

Hace años que en las tardes de verano de Lacra intento pintar una cosa muy sencilla: la pared encalada reflejándose en la superficie azul de la piscina y el cielo sin color del mediodía de verano reflejándose en el fondo bailón del agua. Es muy sencillo. Solo son dos tramas de elipses (la una encima, la otra debajo) entrecruzando su balanceo y salpicadas con destellos blancos, plata y azules varios más o menos pálidos, mas o menos claros, mas o menos fugaces y furtivos.  Varias veces lo intenté. En todas fracasé. No por mi  culpa, por la de los bichos.

Bicha

La luz de hierro del mediodía de verano es la misma luz sobreexpuesta que usan en el cine para subrayar las escenas de carácter imaginario o soñado.  Mientras bombardean las avispas, Radio Úbeda  emite sus anuncios locales. Hoy toca competencia de funerarias: una se anuncia como la suya de Vd., desde siempre  y la otra resulta que tiene el único horno de la comarca. Como en esta guerra quiero mantenerme, aun, neutral, abandono el campo para darme un baño y abrir una lata de cerveza. Siempre acompañado por las avispas, por el calor, por el fuego que se cuela entre las ramas del chopo reflejándose en sus hojas, deslumbrando y brillando. Aviones militares de hélice, moscas  saltando de pierna en pierna, chicharras y noticias (hoy del frente portugués) en la radio. Suda la lata de cerveza. Las avispas, el aullido de las sirenas anunciando ataques aéreos, me fuerzan a ser un refugiado en el campamento del presente donde nunca se piensa y nunca, por falta de espacio, se recuerda o imagina nada.

Bicho caprichoso


Ya digo, un año tras otro lo intento en vano. Por eso no pongo aquí nada de lo pintado en este o en cualquier otro verano. Porque nunca son lo que quería. Seguiré intentándolo en vano, espero. Y cuando vuelva a equivocarme le echaremos nuevamente la culpa a los bichos porque siempre la tienen. Cuando hay a mano un frigorífico con cerveza fría, la culpa siempre es de los bichos.

Para compensar la censura de los trabajos estivales fallidos he puesto aquí un dibujo liviano del atardecer en Sierra Mágina. Es algo muy neutro y para nada comprometido o arriesgado. Los dibujos son como las personas que siendo de esa calidad nadie los rechaza y todos cuentan con ellos.


Pelea de bichos

viernes, 1 de julio de 2011

Los últimos rayos del sol de febrero


Atardecer de febrero. Acrílico y óleo sobre lienzo. 65x50. 2011




Paseando con los perros  entre las olivas una tarde de febrero, me llamaron la atención los rayos de sol del atardecer. Serpenteaban por el suelo arrastrándose entre el laberinto de troncos, de hojas, de ramas, de piedras. Hice bastantes fotografías pero no busqué ni  las cosas ni  las formas  sino  las luces,  los pedazos de suelo incendiados de verdes y amarillos, dorados y brillantes, junto a pedazos de  penumbras grises y azules.





En estos días primeros del verano, de los primeros calores  insoportables, de siestas de fuego  y  noches en vela, se recuerdan con gusto los buenos ratos del invierno, los paseos agradables sin calor ni sudor, las tardes (noches) de vino, de tapas fuertes y  cenas con lumbre.



Se recuerdan con gusto y casi con ansiedad se desea su regreso. Igual que en los hielos negros de enero se añoran las noches claras de verano, ahora ocurre otro tanto con el aire fresco y limpio del invierno:




Los últimos rayos del sol de febrero
se arrastran por el olivar,
rozan el suelo y levantan
chispas de luz en las hierbas,
en las piedras.

Los últimos rayos del sol de febrero corren,
saltan, chocan y mueren 
contra la corteza áspera y dura
de los pies retorcidos de las olivas.

Ya no queda sol ni paisaje,
apenas un perfil azul
por  Sierra Mágina,
apenas una línea brillante y clara en el horizonte.

Es febrero y todavía hace frío.

En las sombras  de los rincones  el barro húmedo
y el aroma de la leña y de la lumbre.
Un avión parpadea con luces blancas y rojas
Sobrevolando el humo de la chimenea.

Es de noche y aun es invierno.

Un hilo de luz se escapa
por la rendija de la contraventana,
salta la luna en los cerros
y se despeña por los barrancos.

Cuando sea mañana,
los nuevos rayos del amanecer
abrirán del revés las cicatrices
que hoy dejó, en su huída, tatuadas el sol en el suelo.