viernes, 24 de junio de 2011

El pasado no es Historia, es Geografía


Cortijo viejo. Excel, Paint, Photoshop.  65x50. 2011






El pasado no es cosa de la Historia. Lo sería si se midiese como tiempo pero eso no es lo correcto. Lo suyo es hacerlo como una cosa que ocupa un sitio en alguna parte.

Quienes caen en el error de medirlo como tiempo suelen dar por bueno que el pasado se repite y siempre vuelve. En este error cae la historiografía pero también la economía que no es más que historia entreverada de  sociología a la que se le añade contabilidad y números (y la pretensión de que sus predicciones son científicas, creíbles y que por eso valen dineros). Pero el pasado nunca vuelve. Si a menudo nos topamos con él no es porque vuelva de ningún sitio. Es porque siempre ha estado ahí, a veces escondido, a veces perdido en el fondo en un cajón, a veces tapado, sumergido, enterrado por tierra, por agua o por  olvido.

Estas ideas de pensamiento elevado que, como las matemáticas, tampoco se me dan bien, las explico mejor con un ejemplo traído de la cartografía. Y es el que sigue.

2ª edición 1992
1ª edición Hoja 949 Mapa
Topográfico 1:50.000. 1932.













En la primera edición de la hoja 949 del Mapa Topográfico Nacional 1:50.000 de 1932, en Lacra, a la altura de la actual carretera de Huesa, se nombra el lugar como "Cortijos de Lacra o de Rivera". En la segunda edición de 1992, sobre datos de 1988, el mismo sitio es "Lacra". En 2003 se hace la primera edición del Mapa 1:25.000. Como el espacio en el papel es mayor, se pueden escribir más topónimos. Así en esta zona de uno pasan a tres: "Lacra" referido al pago, "Acra" como entidad de población menor (?) y además un "Cortijo de Antonio Alférez". En la tercera edición del 1:50.000 desaparecen los topónimos de la primera y segunda edición y se copian los de la hoja 949-1 del 1.25.000: "Acra" y "Cjo. de Antonio Alférez".

El único realmente nuevo es el del tal Antonio. Pero, ¿se sabe quien era este Antonio Alférez? Si. Era mi tatarabuelo y murió no se exactamente cuando pero en el último cuarto del siglo XIX. Cuando mi bisabuela Juliana se casó en 1900, llevaba ya muchos años de huérfana de padre y madre. Esto lo se con seguridad.

1ª edición Hoja 949-1 del Mapa Topográfico
1:25.000. 2004

De la mano de lo más nuevo, moderno llega lo antiguo, lo casi absolutamente olvidado. ¿Pero, porqué aparece el nombre de mi tatarabuelo más de cien años después de su muerte en los mapas del I.G.N.? Pues no porque él (lo que fue, el pasado) vuelva de ningún sitio, que si lo hubiera hecho el susto hubiera sido de muerte ya que ni las bisnietas ni los tataranietos lo conocimos y hubiéramos reaccionado cada uno según nuestro ser: corriendo, gritando, negando la evidencia… La razón de esta aparición hay que buscarla en otra cosa y aquí viene mi teoría.

3ª edición Hoja 949 2004

Sin duda los datos para esta hoja topográfica se recogieron mucho antes de 1932. De hecho, la hoja colindante 828 tiene su primera edición en 1902. Ya que hicieron el gasto del desplazamiento los cartógrafos seguramente recogieron todos los topónimos y todas las referencias que pudieron, aunque no cupieran en el papel del mapa para el que trabajaban. Se seleccionaron unos para publicarlos y otros se desecharon. Pero no se tiraron sino que se guardaron en una carpeta "ad hoc" en la caja del expediente de la Hoja 949 que se archivaría en los sótanos del geográfico instituto.


Pasaron los años y llegó el Mapa 1:25.000, que como su propio nombre numérico indica, tiene cuatro veces más espacio que el 1:50.000, espacio para escribir nombres. Se necesitaban topónimos para rellenar. Y o era verano y no tuvieron ganas de pasar calor o no hubo presupuesto para nuevos viajes o lo que fuera, que no lo se, pero el caso es que mandaron al archivo a por las carpetas viejas del expediente original y encontraron todo lo que en su tiempo se apuntó pero no se imprimió. Como eran cartógrafos y no registradores, les trajo sin cuidado a nombre de quien se emitía actualmente el recibo de la contribución o si las personas citadas vivían o no vivían: coinciden nombre y coordenadas,  ¡suficiente!

Queda pues claro que nadie regresó de ningún sitio, que simplemente un papel que siempre estuvo en una carpeta fue el que nuevamente vio la luz del día para participar, con todos sus años a cuestas, en la más moderna y actual versión cartográfica del lugar. Y esa es la clave. El papel, el pasado, no regresó de ningún sitio, sino que siempre estuvo allí, en la caja de un expediente antiguo guardada en lo hondo de un archivo. Y eso es Geografía porque no es el Cuando, es el Dónde de la cosa: antes estaba en el sótano, ahora está en el mapa.

De ese cortijo del ejemplo, de su fachada norte casi tan arruinada como el resto del edificio, traigo la estampa de hoy hecha con Excel, Paint y Excel. Por cierto, en este cortijo viejo de Lacra hay otro ejemplo de pasado que reaparece, de pasado redescubierto. Y es que cuando hacia 2006 levantaron la carretera para reformarla, a menos de diez metros del cortijo encontraron tumbas y muros islámicos, anteriores por tanto a 1231. Habían  estado archivados casi ochocientos años y fue removiendo tierras para la obra que volvieran de su entierro. Pero siempre habían estado ahí, ocultos pero ahí. Y seguramente debajo del propio cortijo, ahora viejo, también vive o muere alguien que seguro que algún día volverá a la luz y seguramente por alguna obra, pública o privada... Geografía, no Historia. Aunque siempre habrá algún polemista que me discuta y diga que no hay Cuando sin Donde ni Donde sin Cuando y cosas así profundas. Salvo si se presenta alrededor de una mesa con su vino y con sus tapas no entraré al debate. 

Superposición de lugareños

Muros y tumbas deshabitadas al otro lado de la carretera.



viernes, 17 de junio de 2011

Puerto Banús sin barcos





Puerto Banús sin barcos. Acrílico y óleo sobre lienzo. 65x50.2011



Tarde de enero
La playa cuando está en todo lo suyo es en invierno. Me gusta pasear por la orilla sin sudar, con buena temperatura, sin gente o con poca y la poca tranquila. Me gusta de la playa el mantra sin fin del mar yendo y viniendo, las olas que golpean, se retiran y vuelven a golpear la arena. La playa en invierno es como la lumbre de una chimenea, que captura la atención sin necesidad de hacer nada,  sin que ocurra nada más que el pasar  del tiempo y el baile de las llamas, nada más que algún crujido de la madera ardiendo, que alguna chispa subiendo  inopinadamente como una estrella fugaz vertical.  Delante de las lumbres y delante de los mares los cuerpos pasan en su sopor a un segundo plano y dejan que la imaginación y el pensamiento se liberen y trabajen. Y no son necesariamente trabajos y pensamientos productivos. Suelen ser imaginaciones y pensamientos efímeros, como la chispa, como la espuma de una ola rota en la arena.


Lobo y Luci corriendo
por la escollera
Con la playa llena de gente revolcándose en la arena, con el calor y con el sol de fuego, con los niños del prójimo jugando a la pelota, son complicados los misticismos.  Los colores y las luces en verano simplemente no existen, sólo hay cielos y mares blanquecinos y luces cegadoras que acaban con cualquier detalle, con cualquier matiz. Pero en invierno sí. En invierno me gusta dar un paseo hasta la playa al caer la tarde. La tranquilidad es casi absoluta, salvo que a Lobo le de por perseguir gaviotas, palomas o cualquier pájaro que se haya atrevido a provocarlo poniendo  pata en tierra delante de él. 



Faro del espigón
La playa de la que hablo aquí no es  el arquetipo  de playa idílica, que tampoco haría falta, aunque no deja de tener sus cosas. Tiene luces y contraluces en la puesta de sol, tiene la silueta de Gibraltar, a gente pescando con las cañas puestas de pie en las piedras de la escollera. Tiene un par de faros y algún barco lejos en el horizonte que podemos imaginar de pesca que trajera ricos boquerones y puntillitas hasta algún chiringuito imaginario, donde lo esperaríamos con una caña bien tirada, con su espuma y con todo lo que tiene que tener una caña. Así, abstraídos en estos pensamientos y ensoñaciones dejamos la ostentación y los excesos aparatosos propios del lugar, guardados a buen recaudo, al otro lado de los edificios, detrás de las ventanas iluminadas con brillos dorados. Brillos que son reflejos del sol agonizante,  que a su vez se reflejan en el agua y forman un puzzle temblón de espejos luminosos. Espejos temblones que nadan sobre un fondo azul  que a estas horas ha viajado casi hasta el negro.  A esta s horas apenas queda nadie, sólo la oscuridad que avanza como niebla desde el mar y el agua que golpea la arena, que retrocede,  se recupera y vuelve a golpear. El cielo cubre la tarde con colores calientes y pelusas de nubes rojizas que el viento sostiene en el aire como si fueran colas de cometas.
 

De uno de aquellos atardeceres es la vista de hoy. Cuando terminé de pintarla, en mi terraza aunque sin puntillitas ni boquerones, me tomé una cerveza. Quizás fuera alguna mas de una.      

Reflejos de sol
Detalle del sol

sábado, 11 de junio de 2011

El sol de la mañana en el pinar de Juanar




Mañana en el pinar de Juanar. Acrílico y óleo sobre lienzo. 65x50. 2011




Todas las lunas tienen su cara oculta. Da igual que sean lunas de invierno o de verano, de lunes que de domingo, de las de antes o de las de ahora. Y lo normal es que todas las personas, todas las cosas y lugares tengan también su cara oculta, su cara poco conocida, a veces olvidada, a veces incluso escondida. En las personas es cosa de sobra sabida y muy aprovechada por la literatura y por el cine. En las cosas también se da el fenómeno. Por ejemplo,  los electrodomésticos tienen un interior misterioso que sólo los iniciados conocen. Con los lugares ocurre exactamente igual, que tienen partes desconocidas que solo conocen los del lugar, circunstancia que aprovechan  las guías y los artículos de viajes poniendo a disposición de profanos lo que se supone es privativo de expertos parroquianos.


Marbella desde el mirador

Juanar, en las alturas de Sierra Blanca, es uno de esos sitios reservados a los más estrictos conocedores. Y no porque sea sitio poco conocido  pues es muy frecuentado por paseantes y senderistas. Pero por muchos que sean los visitantes siempre serán pocos comparándolos con  las muchedumbres viajeras que frecuentan las playas de un poco mas abajo. Para llegar allí hay que dar un rodeo grande pasando al otro lado del muro invisible que separa la delantera de la trasera. Una vez cruzado, volveremos sobre nuestros pasos y sin dejar de subir por una carretera estrecha, llegaremos al filo mismo de la Sierra, donde la pendiente se despeña por los barrancos hasta el mar.

Camino hacia el mirador
Barranco

 









Abajo, como no podía ser menos, hay de todo lo que tiene que haber en la costa: gente que lleva en la frente las gotas de sudor del descanso, aromas de ostentación sobreactuada y rincones llenos de plantas exóticas venidas de todas las partes del mundo. Los pocos almendros y olivos que quedan parecen ser ellos, entre tanto forastero, los auténticos extraños y los que están fuera de lugar. Arriba por el contrario, son los pinos y los chaparros, las encinas, los tomillos y los romeros los que siguen mandando. Abajo nunca hace frío, arriba a veces nieva y la luz, el color, las plantas, los pájaros y el clima son de interior, pero de un interior con vistas al mar.



Piña nueva
Tan apacible, tranquilo y aislado es este rincón que, según creo, el general De Gaulle escribió parte de sus memorias en el hotel-refugio del lugar. Aunque por otra parte, en otro sitio he leído que las escribió en el parador-castillo de Jaén, que también es un mundo diferente en las alturas desde el que se ve el mundo real allá en lo hondo. No se cual de las dos versiones será la verdadera. Quizá lo sean las dos y fuera en los dos sitios, sucesivamente, donde se dedicó a justificar su vida por escrito. Si no hubiera muerto dejando la escritura a medio escribir,  puede que hubiera continuado de altura en altura hasta parecerse  a  Isabel la Católica, que no hay pueblo por donde no pasara y casa donde no durmiera. De cama en cama tan virtuosa señora, de parador en parador el general jubilado por preguntar.




La vista de hoy nace en una mañana de mayo, muy temprano. En un día laborable, con Luci y con Lobo corriendo el camino arriba y el camino abajo. El sol, todavía bajo, llegaba paralelo al suelo y al atravesar el pinar se cruzaba perpendicular con los troncos y se entrelazaba con ellos como si estuvieran haciendo punto con lanas viejas reaprovechadas y mezcladas:  pardas, grises, oscuras azuladas y verdosas en la urdimbre y otras brillantes, amarillas y  naranjas, verdes y azules claro en la trama.

Pinar


lunes, 6 de junio de 2011

El otoño en el chopo de la alberca

El otoño en el chopo de la alberca. Acrílico y óleo. 65x50. 2011



Otoño en el chopo de la alberca tres punto cero. Paint y Photoshop. 65x50.2012


El chopo de la alberca de Lacra


Hoja del chopo de la alberca



El otoño en el chopo de la alberca llega tarde, bien entrado noviembre. Llega tarde y se junta con el invierno de manera que no es raro que las hojas muertas caigan encima de las primeras nieves. Pero lo frecuente es que caigan unas sobre otras en el rincón del jardincillo debajo del chopo.  En la humedad de la umbría las hojas se amontonan y se van deshaciendo. El  chopo viejo lo podaron a media altura porque cada vez tenía más ramas secas que se empezaban a desmoronar. Aunque no ha vuelto a ser lo que fue rejuveneció y sigue siendo el que manda en su rincón. Todavía sobresale a cualquier vecino. 

Hojas en la nieve



Otras hojas caen dentro de la alberca y se amontonan flotando. Según que haya mucha o poca, el agua refleja el cielo o refleja el fondo verdoso. En cualquiera de esos dos reflejos nadan las hojas que no encontraron el camino de tierra firme: renegridas las que murieron hace mucho, rojas y ocres las siguientes, amarillas y naranjas las recién caídas, algunas verdes, de un verde suave y apagado que desentona del resto de las náufragas.  

El otoño de las aceitunas es morado brillante, azul casi negro, granate profundo. Los vientos de octubre han tirado algunas que manchan los suelos entremezclándose con piedras, hierbas  y algunos musgos alimentados por los rocíos y las escarchas. El otoño  llega con el humo de las lumbres de las primeras cuadrillas trabajando en los olivares.  

Hojas en la alberca
El chopo viejo asomándose a la alberca













Aceitunas acabando noviembre
Desde la alberca, por debajo del chopo viejo se ve Larva. Se ven olivares que bajan hasta el Guadiana Menor, retorcido en lo hondo de su llano, protegido por paredones rojizos y oxidados, por ramblas de sal, por barrancos pardos, verdosos. Algunas nubes se enredan en Sierra Mágina mientras los aviones no paran de pintar rayas de tiza en el cielo. Es grande el horizonte, muy grande. Pero lo es más el chopo viejo. A pesar de estar cortado, manco, mutilado. Y no es casualidad que entre sus ramas y sus brillos dorados de otoño haga un hueco al Mulhacén y a las nieves, a los picos y  laderas de su corte. Son dos vértices de primer orden de la red geodésica vital. De la mía.

El Mulhacén desde la alberca de Lacra

Nota aclaratoria final: Esta cosa empezó en la fecha que tiene. Pero se fue prolongando con sucesivas versiones, tal como se ve por la última, que es de este año 2012.